--Pues bien, muchacho, consiento en darte gusto; pero con una condición y es ésta: don Raimundo tiene que jurarme que no regalará un centavo a su hija ni le dejará un real en la herencia.
Aquí empezó nueva y más agitada discusión.
--Pero hombre—arguyó don Raimundo—mi hija tiene veinte mil duros de dote.
--Renunciamos a la dote. La niña vendrá a casa de su marido nada más que con la ropa que lleve puesta.
--Concédame usted entonces darle los muebles y el ajuar de novia.
--Ni un alfiler. Si no consiente, vamos a dejarlo y que se muera la chica.
--Sea usted razonable, don Honorato. Mi hija necesita llevar siquiera una camisa para reemplazar la otra.
--Bien; consiento en eso para que no me acuse de obstinado. Consiento en que le regale la camisa de novia y nada más.
---Al día siguiente don Raimundo y don Honorato fueron muy temprano a la iglesia de San Francisco para oír misa y, según el pacto, dijo el padre de Margarita:
--Juro no dar a mi hija más que la camisa de novia. Que Dios me condene si falto a mi palabra. |