Margarita, que era muy nerviosa, gritó y se arrancó el pelo, perdía colores y carnes y hablaba de meterse monja.
--¡O de Luis o de Dios¡--gritaba cada vez que se ponía nerviosa, lo que ocurría a cada hora. El padre se alarmó, llamó varios médicos y todos declararon que la cosa era seria y que la única medicina salvadora no se vendía en la botica. O casarla con el hombre que quería o enterrarla. Tal fue el ultimátum médico.
Don Raimundo, olvidándose de capa y bastón, corrió como loco a casa de don Honorato y le dijo:
--Vengo a que consienta usted en que mañana mismo se case su sobrino con Margarita, porque si no, la muchacha se nos va a morir.
--No puede ser—contestó fríamente el tío. –Mi sobrino es muy pobre, y lo que usted debe buscar para su hija es un rico.
El diálogo fue violento. Mientras más rogaba don Raimundo, más orgulloso y rabioso se ponía el aragonés. El padre iba a retirarse sin esperanzas cuando intervino don Luis, diciendo:
--Pero tío, no es justo que matemos a quien no tiene la culpa.
--¿Tú te das por satisfecho?
--De todo corazón, tío. |