En una procesión conoció Alcázar a la linda Margarita. La muchacha le llenó el ojo y le flechó el corazón. El le echó flores, y aunque ella no le contestó ni sí ni no, le dijo con sonrisas y demás armas del arsenal femenino que le gustaba. Y la verdad es que se enamoraron locamente.
Como los amantes olvidan que existe la aritmética, creyó don Luis que para casarse con Margarita su presente pobreza no sería obstáculo, y fue al padre y sin vacilar le pidió la mano de su hija. A don Raimundo no le gustó mucho la idea y cortésmente despidió al joven, diciéndole que Margarita era aún muy joven para tener marido, pues a pesar de sus diez y ocho años todavía jugaba a las muñecas.
Pero no era ésta la verdadera razón, sino que don Raimundo no quería ser suegro de un pobre, y así lo decía en confianza a sus amigos, uno de los cuales fue con la historia a don Honorato, que así se llamaba el tío aragonés. Este, que era más orgulloso que el Cid, se llenó de rabia y dijo:
--¡Qué! ¡Desairar a mi sobrino! A muchas limeñas les encantaría casarse con el muchacho. No hay mejor que él en todo Lima. ¡Qué insolencia! ¿Qué se cree ese maldito colectorcillo?
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