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Los perros aullaban, lastimosa y siniestramente, alrededor de la casa parroquial, y aterrorizados los indios de Yanaquihua abandonaban sus chozas.
Y las dolientes notas de la quena y las palabras tremendas del haravicu seguían impresionando a los vecinos como las lamentaciones del profeta de Babilonia.
Y así pasaron tres días sin que el cura abriese la puerta de su casa. Al cabo de ellos enmudeció la quena, y entonces un vecino español atreviese a escalar paredes y penetrar en el cuarto del cura.
¡Horrible espectáculo!
La descomposición del cadáver era completa, y don Gaspar, abrazado al esqueleto, se arrastraba en las convulsiones de la agonía.
Tal es la popularísima tradición.
La Iglesia fulminó excomunicación mayor contra los que cantasen el Manchay-Puito o tocasen quena dentro de cántaro.
Esta prohibición es hoy mismo respetada por los indios del Cuzco, que por ningún tesoro de la tierra consentirán en dar el alma al demonio.
--de Tradiciones peruanas
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