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la colocó dentro de un cántaro y la hizo producir sonidos lúgubres, verdaderos ecos de una angustia sin nombre e infinita. Luego, acompañado de estas armonías indefinibles, solemnemente tristes, improvisó el yaraví que el pueblo del Cuzco conoce con el nombre de Manchay Puito (infierno aterrador).
He aquí dos de sus estrofas, que traducimos del quichua sin alcanzar, por supuesto, a darlas el sentimiento que las presta la índole de aquella lengua, en la que el poeta o haravicu desconoce la música del consonante o asonante, hallando la armonía en sólo el eufonismo de las palabras:
Ábreme, infierno, tus puertas
para sepultar mi espíritu
En tus cavernas.
Aborrezco la existencia
sin la que era la delicia
¡ay! de mi vida.
Sin mi dulce compañera,
mil serpientes me devoran
las entrañas.
No es Dios bueno el Dios que manda
al corazón esas penas
¡ay! del infierno.
El resto del Manchay-Puito hampuy nihuay contiene versos nacidos de una alma desesperada hasta la impiedad, versos que estremecen por los arrebatos de la pasión y que escandalizan por la desnudez de las imágenes. Hay en ese yaraví todas las graduaciones del amor más delicado y todas las extravagancias del sensualismo más grosero.
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