Medio año llevaban ya los amantes de arrullos amorosos, cuando el doctor Angulo recibió una mañana carta en que se exigía su presencia en Arequipa para realizar la venta de un fundo que en esa ciudad poseía. Fiarse de apoderados era, amén de pérdidas de tiempo y de tener que soportar embustes, socaliñas y trabacuentas, exponerse a no recibir un cuarto. Nuestro cura se dijo:
Al agua patos,
No se coman el grano los gurrupatos.
La despedida fue de lo más romántico que cabe. No se habría dicho sino que el señor cura iba de viaje al fabuloso país de la Canela.
Dos semanas era el tiempo mayor que debía durar la ausencia. Hubo llanto y soponcio y … ¡qué sé yo! Allá lo sabrán los que alguna vez se han despedido de una querida.
El doctor Angulo entró en Arequipa con ventura, porque todo fue para él llegar y besar. En un par de días terminó sin gran fatiga el asunto, y después de emplear algún dinerillo en arracadas de brillantes, gargantillas de perlas, vestidos y otras frioleras para emperejilar a su sultana, enfrenó la mula, calzóse espuelas y volvió grupa camino de Yanaquihua.
Iba nuestro enamorado tragándose leguas, y hallándose ya dos jornadas distante del curato, cuando le salió al encuentro un indio y puso en sus manos este lacónico billete:
“¡Ven! El cielo o el infierno quieren separarnos. Mi alma está triste y mi cuerpo desfallece. ¡Me muero! ¡Ven, amado mío! Tengo sed de un último beso.” |