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Cada uno se acordaba de los años de la infancia en el terruño y como de suave aroma se impregnaba de nostalgia la noche. Poco a poco se iban alargando las pláticas, las cuales no tardaron en abarcar inclusive los espacios reservados al rosario. De este modo, poco a poco, fue naciendo entre ellos el sentimiento del amor. El amor echó hondas raíces y fue creciendo con fuerza arrolladora. Al cabo, decidieron ambos unir sus vidas para siempre.
El amor ocupó por entero el sitio de los infolios y la quena misma sólo servía ahora para hacer más dulces las horas de idilio y más plena la ventura de los corazones. Parecía haber detenido su marcha el tiempo y era como si la vida hubiese sido hecha exclusivamente para el culto del amor. El sacerdote apenas salía de la casa y era sólo a fin de no dejar abandonados los deberes de su ministerio.
Pero como nada puede permanecer oculto debajo del sol, estos amores acabaron por deslizarse primero como simple presunción en el chisme callejero, para ir adquiriendo cuerpo en los comentarios de los salones y caer finalmente con colores de escándalo en la intimidad de los hogares. Los rumores y comentarios no se detuvieron en los suburbios de la Villa Imperial, sino que pronto llegaron hasta la ciudad de La Plata y no pararon sino cuando hubieron rebasado las puertas del palacio del Arzobispado. Allí se comprendió que era necesario detener los comentarios y echarle un velo al escándalo. Como el medio más apropiado se escogió el alejamiento temporal del sacerdote. En consecuencia, éste recibió la orden de emprender viaje, con cierta misión, a la ciudad de los Virreyes (Lima).
No obstante de que el viaje era largo y no exento de riesgos, los amantes no sufrieron mucho al separarse, |
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