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Sus himnos a la Virgen de Guadalupe—letra y música—fueron muy celebrados en Charcas (Sucre). Componía sus versos en quechua y en su música palpitaba el sentimiento puro de su raza. De ahí que no tardó mucho en rodearse de celebridad y de afecto en la Villa.
No tenía parientes en Potosí; de modo que vivía solo. Para la atención de la casa, el sacerdote contrató, como era costumbre, los servicios de una india salida de una comunidad. La india era poseedora de muy notables cualidades: ordenada, hacendosa, diligente; pero, ante todo, muy joven y muy hermosa. Por su parte, el sacerdote, aunque tenía muchos amigos, no era partidario de la vida de sociedad; a diferencia de su colegas de ministerio, no le gustaba acudir a las tertulias ni a los saraos. Pasaba largas horas en su gabinete, sumergido en un laberinto de infolios. A veces, principalmente por las noches, le gustaba hacer música. Su instrumento favorito era la quena. La tocaba con mucha fluidez, con mucha dulzura. A pesar de todo, o por ello mismo, lo quería el pueblo potosino.
Así vivió el sacerdote un buen tiempo, en medio de sus infolios y su música. Los amigos le buscaban cada vez menos y cada vez menos salía él de la casa. Por su parte, la sirvienta vivía absorbida por los quehaceres. Aunque éstos no eran excesivos ni muy pesados, no le gustaba permanecer inactiva. Llenaba las horas de ocio con el hilado y el tejido, si es que no hacía bollos y confituras u otras golosinas para el sacerdote, su amo.
El género de vida que se llevaba en la casa fue aproximando poco a poco al amo y a la sirvienta. A veces, después del rosario y antes de levantar la quena, el sacerdote conversaba con la joven. La plática era siempre sabrosa y amena. |
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