Después desto, consideraba aquel tener cerrada la puerta con llave, ni sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa. Todo lo que yo había visto eran paredes, sin ver en ella silleta, ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arcaz como el de marras. Finalmente, ella parecía casa encantada. Estando así, díjome:
--Tú mozo, ¿has comido?
--No, señor,--dije yo—que aun no eran dadas las ocho cuando con vuestra merced encontré.
--Pues, aunque de mañana, yo había almorzado y, cuando así como algo, hágote saber que hasta la noche me estoy así. Por eso, pásate como pudieres, que después cenaremos.
Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer de mi estado, no tanto de hambre como por conocer de todo en todo la fortuna serme adversa. Allí se me representaron de nuevo mis fatigas, y torné a llorar mis trabajos. Allí se me vino a la memoria la consideración que hacía cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que, aunque aquél era desventurado y mísero, por ventura toparía con otro peor. Finalmente, allí lloré mi trabajosa vida pasada, y mi cercana muerte venidera.
Y con todo, disimulando lo mejor que pude, le dije:
--Señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. Deso me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y así fui yo loado della, hasta hoy día, de los amos que yo he tenido.
--Virtud es ésa,--dijo él—y por eso te querré yo más. Porque el hartar es de los puercos, y el comer regladamente es de los hombres de bien.
“¡Bien te he entendido!—dije yo entre mí--¡maldita tanta medicina y bondad como apuestos mis amos que yo hallo hallan en la hambre!” |
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