doscientas veces mil maravedís, según se podrían hacer grandes y buenas. Y tengo un palomar, que a no estar derribado como está, daría cada año más de doscientos palominos. Y otras cosas, que me callo, que dejé por lo que tocaba a mi honra.
Y vine a esta ciudad, pensando que hallaría un buen asiento; más no me ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la iglesia, muchos hallo; mas es gente tan limitada, que no los sacaran de su paso todo el mundo. Caballeros de media talla también me ruegan; mas servir con estos es gran trabajo. Porque de hombre os habéis de convertir en malilla y, si no, <<Anda con Dios>>, os dicen. Y las más veces son los pagamentos a largos plazos y las más y las más ciertas comido por servido. Ya, cuando quieren reformar conciencia y satisfaceros vuestros sudores, sois librados en la recámara en un sudado jubón o raída capa o sayo. Ya, cuando asienta un hombre con un señor de título, todavía pasa su laceria. ¿Pues, por ventura no hay en mí habilidad para servir y contentar a éstos? Por Dios, si con él topase, muy gran su privado pienso que fuese y que mil servicios le hiciese, porque yo sabría mentirle tan bien como otro y agradarle a las mil maravillas. Reírle hía mucho sus donaires y costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo. Nunca decirle cosa que le pesase; aunque mucho le cumpliese. Ser muy diligente en su persona, en dicho y hecho. No me matar por no hacer bien las cosas que él no había de ver. Y ponerme a reñir, donde lo oyese, con la gente de servicio, porque pareciese tener gran cuidado de lo que a él tocaba. Si riñese con algún su criado, dar unos puntillos agudos para le encender la ira y que pareciesen a favor del culpado. Decirle bien de lo que bien le estuviese y, por el contrario, ser malicioso, mofador, malsinar a los de casa y a los de fuera, pesquisar y procurar de saber vidas ajenas para contárselas y otras muchas galas de esta calidad, que hoy día se usan en palacio y a los señores de él parecen bien. |
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