--Déjalos, señor, acaben de pasar la calle,--dije yo.
Al fin vino mi amo a la puerta de la calle y ábrela esforzándome, que bien era menester, según el miedo y alteración, y me tornó a encaminar. Mas, aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto yo tomaba en ello. Ni en aquellos tres días torné en mi color. Y mi amo muy risueño, todas las veces que se le acordaba aquella mi consideración.
De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fue este escudero, algunos días, y en todos deseando saber la intención de su venida y estada en esta tierra. Porque, desde el primer día, que con él asenté, le conocí ser extranjero, por el poco conocimiento y trato que con los naturales della tenía.
Al fin se cumplió mi deseo y supe lo que deseaba. Porque un día, que habíamos comido razonablemente y estaba algo contento, contóme su hacienda y díjome ser de Castilla la Vieja y que había dejado su tierra no más de por no quitar el bonete a un caballero su vecino.
--Señor,--dije yo--, si él era lo que decís y tenía más que vos, ¿no errábades en no quitárselo primero, pues decís que él también os lo quitaba?
--Sí es y sí tiene y también me lo quitaba él a mí: más, de cuantas veces yo se le quitaba primero, no fuera malo comedirse él alguna y ganarme por la mano.
--Paréceme, señor,--le dije yo--, que en eso no mirara, mayormente con mis mayores que yo y que tienen más.
--Eres muchacho,--me respondió--, y no sientes las cosas de la honra, en que el día de hoy está todo el caudal de los hombres de bien. Pues te hago saber que yo soy, como ves, un escudero; |
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