Quiso Dios cumplir mi deseo y aún pienso que el suyo. Porque, como comencé a comer y él se andaba paseando, llegóse a mí y díjome:
--Dígote, Lázaro, que tienes en comer la mejor gracia, que en mi vida vi a hombre, y que nadie te lo verá hacer, que no le pongas gana, aunque no la tenga.
--La muy buena que tú tienes—dije yo entre mí--, te hace parecer la mía hermosa.
Con todo, parecióme ayudarle, pues se ayudaba y me abría camino para ello, y díjele:
--Señor, el buen aparejo hace buen artífice. Este pan está sabrosísimo y esta uña de vaca tan bien cocida y sazonada, que no habrá a quien no convide con su sabor.
--¿Uña de vaca es?
--Sí, señor.
--Dígote que es el mejor bocado del mundo y que no hay faisán, que así me sepa.
--Pues pruebe, señor, y verá qué tal está.
Póngole en las uñas la otra y tres o cuatro raciones de pan, de lo más blanco. Y asentóseme al lado y comienza a comer, como aquel lo había gana, royendo cada huesecillo de aquellos mejor que un galgo suyo lo hiciera.
--Con almodrote—decía--, es este singular manjar.
--Con mejor salsa lo comes tú,--respondí yo paso.
--Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hubiera comido bocado.
--¡Así me vengan los buenos años como es ello!,--dije yo entre mí.
Pidióme el jarro del agua y díselo como lo había traído. Es señal que, pues no le faltaba el agua, que no le había a mi amo sobrado la comida. Bebimos y muy contentos nos fuimos a dormir como la noche pasada. |