Mientras ella dura está el paciente totalmente descoyuntado y mareado. De manera que quien no tuviese experiencia de los efectos de aquella raíz, entenderá que se muere el purgado; no gusta de comer ni de beber, echa de sí cuantos humores tiene, a vueltas salen lombrices y gusanos, y cuantas sabandijas allá dentro se crían. Acabada la obra queda con tan buen aliento y tanta gana de comer, que se comerá cuanto le dieren. A mí me purgaron dos veces por un dolor de estómago que en diversos tiempos tuve, y experimenté todo lo que he dicho.
Estas purgas y sangrías mandaban hacer los más experimentados en ellas, particularmente viejas, como acá las parteras, y grandes herbolarios, que los hubo muy famosos en tiempo de los Incas que conocían la virtud de muchas yerbas, y por tradición las enseñaban a sus hijos, y éstos eran tenidos por médicos, no para curar a todos, sino a los reyes y a los de su sangre, y a los curacas, y a sus parientes. La gente común se curaban unos a otros por lo que habían oído de medicamentos. A los niños de teta, cuando los sentían con alguna indisposición, particularmente si el mal era de calentura, los lavaban con orines por las mañanas para envolverlos, y cuando podían haber de los orines del niño le daban a beber algún trago. Cuando al nacer de los niños les cortaban el ombligo, dejaban la tripilla larga como un dedo; la cual, después que se le caía, guardaban con grandísimo cuidado, y se la daban a chupar al niño en cualquiera indisposición que le sentían; y para certificarse de la indisposición le miraban la pala de la lengua, y si la veían desblanquecida decían que estaba enfermo; y entonces le daban la tripilla para que la chupase. Había de ser la propia porque la ajena decían que no le aprovechaba. |
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