Después que Sireno hubo cantado, en la voz fué luégo conocido de la hermosa Diana y de los dos enamorados Selvagia y Silvano. Ellos le dieron voces, diciendo que si pensaba pasar la siesta en el campo, que allí estaba la sabrosa fuente de los alisos y la hermosa pastora Diana, que no sería mal entretenimiento para pasalla. Sireno le respondió, que por fuerza había de esperar todo el día en el campo, hasta tanto que fuese hora de volver con el ganado á su aldea: y viniéndose á donde el pastor y pastoras estaban, se sentaron en torno de la clara fuente como otras veces solían. Diana, cuya vida era tan triste cual puede imaginar quien viese una pastora la más hermosa y discreta que en aquel tiempo se sabía, tan fuera de su gusto casada, siempre andaba buscando entretenimientos para pasar la vida, hurtando el cuerpo á sus imaginaciones. Pues estando los dos pastores hablando en algunas cosas tocantes al pasto de los ganados y al aprovechamiento dellos, Diana les rompió el hilo de su plática, diciendo contra Silvano:
--Buena cosa es, pastor, que estando delante la hermosa Selvagia, trates de otra cosa, sino de encarecer su hermosura y el gran amor que te tiene: deja el campo y los corderos, los malos ó buenos sucesos del tiempo y la fortuna, y goza, pastor de la buena que has tenido en ser amado de tan hermosa y agraciada pastora, que á donde el contentamiento del espíritu es razón que sea tan grande, poco al caso hacen los bienes de fortuna.
Silvano entonces le respondió:
--Lo mucho que yo, Diana, te debo nadie lo sabrá encarecer como ello es, sino quien hubiese entendido la razón que tengo de conocer esta deuda: pues no tan sólo me enseñaste á querer bien, mas aun ahora me guías y muestras usar del contentamiento que mis amores me dan. Infinita es la razón que tienes de mandarme que no trate de otra cosa, estando mi señora delante, sino del contento que su vista causa, y así prometo de hacello en cuanto el alma no se despidiere destos cansados miembros. Más de una cosa estoy espantado, y es de ver cómo el tu Sireno vuelve á otra parte los ojos cuando hablas; parece que no le agradan tus palabras, ni se satisface de lo que respondes.
--No le pongas culpa-- dijo Diana --que hombres descuidados y enemigos de lo que á sí mismos deben, eso y más harán.
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