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El abencerraje y la hermosa Jarifa
(contenido en La Diana por Jorge de Montemayor)
En tiempo del valeroso infante don Fernando, que después fué rey de Aragón, hubo un caballero en España, llamado Rodrigo de Narváez, cuya virtud y esfuerzo fué tan grande, que ansí en la guerra como en la paz alcanzó nombre muy principal entre todos los de su tiempo, y señaladamente se mostró cuando el dicho señor infante ganó de los moros la ciudad de Antequera, dando á entender en muchas empresas y hechos de armas que en la guerra sucedieron, un ánimo muy bravo, un corazón invencible y una liberalidad, mediante la cual el buen capitán no sólo era estimado de su gente, mas aun la ajena hace suya, á cuya causa mereció, que después de ganada aquella tierra, en recompensa, aunque desigual á sus excelentes hechos, se le dió el Alcaidía y defensa della; y junto á esto se le dió también la de Álora, donde estuvo lo más del tiempo con cincuenta hidalgos escogidos á sueldo del rey, para defensa y seguridad de la fuerza. Los cuales con el buen gobierno de su capitán emprendían muy valerosas empresas en defensa de la fe cristiana, saliendo con mucha honra de ellas, y perpetuando su fama con los señalados hechos que en ellas hacían.
Pues como sus ánimos fuesen tan enemigos de la ociosidad, y el ejercicio de las armas fuese tan acepto al corazón del valeroso alcaide, una noche del verano, cuya claridad y frescura de un blando viento convidaba á no dejar de gozalla, el alcaide, con nueve de sus caballeros (porque los demás quedasen en guarda de la fuerza), armados á punto de guerra, se salieron de Álora por ver si los moros sus fronteros se descuidaban; y confiados en ser de noche pasaban por algún camino de los que cerca.
Pues yendo los nueve caballeros y su capitán valeroso con todo el secreto posible, y con muy gran cuidado de no ser sentidos, llegaron á donde el camino por do iban se repartía en dos; y después de tener su consejo se acordaron de repartirse cinco por cada uno, con tal orden, que si los unos se viesen en algún aprieto, tocando una corneta serían socorridos de los otros. Y desta manera el alcaide y los cuatros dellos echaron á la una mano y los otros cinco á la otra: los cuales yendo por el camino hablando en diversas cosas, y deseando cada uno dellos hallar en qué emplear su persona, y señalarse, como cada día acostumbraban hacer, oyeron no muy lejos de sí una voz de hombre, que suavísimamente cantaba, y de cuando en cuando daba un suspiro que del alma le salía, en el cual daba muy bien á entender que alguna pasión enamorada le ocupaba el pensamiento.
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